Al principio se había preocupado por esconder aquello que le impulsaba, desde la adolescencia, a comportarse así, por hacer que su realidad permaneciera en las sombras. Pero la culpabilidad había ido decayendo en pro de la incontrolable recompensa unilateral que le proporcionaban aquellos momentos de breve pero intensa intimidad vetada.
La satisfacción, no obstante, duraba poco, y después regresaba la necesidad, cada vez más impetuosa, cada vez más incontrolable, de repetir.
Empezó a salir de caza, como llamaba a sus escapadas nocturnas, buscando a esas niñas en los ascensores, en los parques.
Y empezó a salir de caza, como llamaba a sus escapadas nocturnas, buscando a esas niñas en los ascensores, en los parques. O cuando, solas, se retrasaban en las callejuelas privadas, a perseguir su pequeña y particular parcela de independencia.
En una ocasión en la que su presa había rechazado, atemorizada, sus avances, y demostrando un asco integral en toda su piel, recogiendo sus manos entre su cuerpo, como protegiéndose de sus maniobras, cuando él ya se preparaba para escuchar sus gritos, llegó a odiar profundamente al objeto de su anterior deseo. Y tuvo la necesidad de hacerlo desaparecer bajo un certero golpe en la cabecita rubia, cerrando de una vez por todas aquellos ojos que le miraban fruncidos, asqueados, como temiéndole. Pero él no era un asesino. Era solamente un hombre.
Y se había alejado. Huyó sin más.
Ellas, aquellas niñas de piel suave, con vello de melocotón, cuerpos radiantes y senos que empezaban a despuntar, existían para ello, para él. Su única misión era la de darle aquel sublime placer instantáneo.
Luego aprendió a aceptarse sin más. De hecho, no cabía hacer otra cosa. Era perezoso en extremo, y luchar contra sus debilidades no era opción. La felicidad, como se dice, entraba en el contexto de la conformidad y aceptación de sus propias peculiaridades.
…
Era de noche.
El silencio se hizo patente.
Sólo se escuchaba algún ruido concreto, como el de una lata rodar por la calzada, bajo las rápidas carreras de aquellos animales que abundaban cada vez más en la oscuridad.
Los había a docenas allí.
¿Cómo podía haber tantos?
Por doquier se le atravesaban aquellos horribles demonios, arqueando sus lomos, elevando sus colas, que, con los pelos erizados y ojos brillando como láseres, le miraban desde esos gatos callejeros que parecían estar en todas partes. Que fingían buscar entre los contenedores restos en la basura para, camuflados en las sombras como indigentes, observar la noche, persiguiéndole por donde quiera que fuera.
¿Cuántos de ellos habían desaparecido bajo sus pedazos de carne envenenada? Ni era capaz de recordarlo. Pero es lo que se merecían. Lo único que podía hacerse.
Matar gatos era lícito, no tenía consecuencias legales.
Maldijo al hurgar en sus bolsillos y comprobar que la bolsa que siempre llevaba no estaba. En algún momento de su paseo la había perdido. Se enfadó. Era su protección frente a la excesiva proliferación de aquellos demonios siempre hambrientos, que aparecían de repente como una amenaza. La única manera de acabar con ellos.
El mundo estaba lleno de estos felinos, y la gente los alimentaba de buena fe, sin saber lo que eran, en realidad, puros demonios del averno. En esto consistía su poder, en conquistar a los débiles, a los solitarios, a los ingenuos, a las viejas solteronas caritativas, para arrastrarlos a su terreno y despedazarlos, después de seducirlos con sus malas artes.
Pero no a él.
A él no lo engañarían. Él veía más allá de sus amables ojos diurnos, los de mirada dulce y confiable. Él los veía por la noche. En esta misma noche cómplice que ocultaba sus propias sombras.
Dos gatos salieron chillando a toda velocidad, de repente, de algún lado, y Ricardo tropezó con ellos.
Antes de llegar a la esquina, cuando todavía sentía en su mano la tibia piel de la muchacha, a la que había interceptado en el ascensor hacía apenas media hora, dos gatos salieron chillando a toda velocidad, de repente, de algún lado, y Ricardo tropezó con ellos.
Se cayó de bruces ante el maullido espeluznante del gato al que había aplastado a su paso.
Desde el suelo sintió una humedad en su nariz, se pasó la lengua por el labio superior y el dulce sabor, tan característico de la sangre, lo irritó. Maldijo en voz alta.
Había caído entre el basural que, desperdigado por el suelo, rodeaba toda la zona de los contenedores.
Con gesto de asco, se limpió como pudo con la manga e hizo un conato de intento por levantarse, maldiciendo a los aborrecibles seres.
Lo que pasó a partir de aquel momento bien podría haber sido una horrible pesadilla sin sentido.
Un gato oscuro se acercó a lamer la sangre de su nariz.
Intentó, sin éxito, ahuyentarlo de un manotazo. El animal maulló desagradablemente tal como si le retara.
Otros muchos fueron apareciendo, como surgiendo de la oscuridad, uniéndose al primero. Y antes de que pudiera siquiera reaccionar, se echaron al unísono sobre él, impidiendo que se levantara. Intentó defenderse golpeando a alguno de ellos. No supo a cuántos consiguió apartar, lanzándolos con fuerza lejos de sí, y que cayeron reventados a su alrededor. Pero salían más de todas partes.
Sintió sus arañazos y mordeduras en las carnes.
¿Qué rayos hacían esos condenados bichos?
Entre la sangre que cubría sus ojos, antes de que éstos también fueran arrancados por las furiosas zarpas, pudo llegar a ver cómo los animales crecían y crecían hasta transformarse en unos monstruos enormes, terribles, que le clavaban sus afilados colmillos por todo el cuerpo y devoraban su sangre, mordiendo y lamiendo con sus lenguas horriblemente rasposas el flujo oscuro que seguía brotando, secando su corazón a cada herida.
…
El cuchillo con el que habían acabado con él brillaba a su lado, abandonado, cerca de su cara.
Las primeras luces del alba lo encontraron con el cuerpo cosido a navajazos, mientras que unos empleados municipales, impactados ante el hallazgo, bajando del camión de las basuras, recogían horrorizados su último suspiro antes de llamar a la policía.
La noche, su noche, lo había traicionado.
Los delincuentes que le habían robado y asesinado estaban ya lejos. El cuchillo con el que habían acabado con él brillaba a su lado, abandonado, cerca de su cara, destrozada por el golpe contra el bordillo, en medio de un gran charco de sangre que pronto empezaría a secarse.
Hacía frío todavía, y la humedad dejaba sus gotas en todo con desgana.
Un gato muerto yacía reventado en la calzada. Otro, malherido, maullaba dolorosamente a unos escasos metros de distancia.
La imagen, como poco, era extraña.
Cinco pares de ojos de gato, que retrocedieron para pasar casi desapercibidos, escondidos bajo el contenedor amarillo de los envases plásticos, relucían intensamente hasta que, ante el avance de la luz diurna, fueron perdiendo su fulgor verdoso.
Otro día empezaba de nuevo, alejando con su luz a los demonios de las calles, mientras la farola, único testigo mudo de lo sucedido, se apagaba.
Eran las seis.
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