La pecera

Alexandre se dio cuenta de que se había quedado dormido cuando se encontró tendido boca arriba en la cama de su habitación, despertado por su propia respiración rayando en el ronquido.

Molesto, dudó sobre la hora.

Podrían ser como las cuatro de la tarde, no creía haber dormido mucho y no recordaba haber soñado, aunque también podría ser perfectamente de noche. Solía cerrar las persianas de su ventana para que la luz no le molestara y para tener cierta merecida intimidad frente a la simple curiosidad vecinal. Principalmente, le incordiaba la habitual presencia de aquella vieja bruja amargada, la vecina de enfrente, la cual, siempre que podía, escrutaba el interior de su cuarto desde la ventana a menos de dos metros de la suya. Le había llegado a cerrar la persiana ante sus puñeteras narices, pero no era ni más ni menos de lo que se merecía por cotilla.

A él le encantaba estar en semipenumbra, frente al ordenador, solamente con la luz indirecta de su lamparita verde, situada en un extremo del larguísimo escritorio, lleno de mil objetos inservibles y, como solía decir su padre, el señor Salusen, así le llamaba Alexandre, emulando a sus clientes en el negocio de compra venta de coches usados, del cual era propietario; aparte de llamarle delincuente oficial y mafioso nato, cuando estaba de broma y con ganas de picarle, a lo que su padre contestaba que su cuarto era peor que un trastero abarrotado de cosas inapropiadas. Antes le hacía gracia la expresión, pero había acabado hartándole por imprecisa, ya que nunca terminó de desentrañar en qué consistía la inconveniencia, según su padre, y cuáles de los miles de artículos que adornaban su cuarto, algunos birlados de aquí y de allá, otros comprados en las tiendas chinas de turno, se merecían este nombre. Adoraba todas y cada una de las andróminas, pero más que cualquier otra, la pecera redonda, ocupando un lugar de honor, aunque tal vez demasiado semienterrada entre libros y cuadernos del dichoso bachillerato (que, por suerte o por desgracia acabaría este curso), con “Submarino amarillo”, la carpa dorada que le había regalado Raquel por su decimoctavo cumpleaños, en dicha bonita pecera redonda, y que había situado cerca de una luz led indirecta y ligeramente girada hacia la pared para que no molestara en exceso al pececillo.

ra una mascota que no daba problemas, aparte de moverse continuamente nadando en círculos, como león enjaulado. Para Alexandre, era una acostumbrada rutina quedarse mirando su ojo redondo como el de un submarino, aunque la verdad es que no sabía muy bien cómo eran, dando vueltas en círculo sin nunca tocar el cristal de su reducido recinto. Solamente subía a la boca de la pecera cuando le daba algo de comida, a veces tocaba su dedo con el diminuto morro, en algo que era como un ligero beso, y luego volvía a sumergirse genialmente.

En alguna ocasión le vino a la memoria lo que una vez le había dicho su abuela acerca de los peces. Según ella, atraían la mala suerte. Traía algo así como malas vibras tener esos pequeños bichos nadando en agua dentro de una bola de cristal transparente, vaya, que a su parecer no se debería tener peces en casa y nunca jamás deberían éstos estar en las habitaciones. Alexandre nunca le preguntó el porqué, pero ella le había contado que cuando se casó alguien le había regalado una pecera con un par de carpas chinas de colores, de la que se había deshecho al momento, para que no acabara atrayendo desgracia a su recién estrenado matrimonio. No es que creyera seriamente en esas cosas la mujer, pero ante la posibilidad, incluso la más remota, de que algo en todo aquello pudiera tener un asomo de certeza, mejor habría preferido curarse en salud.

Le tomó un tiempo situarse, sabía que este tipo de fragmentaciones en las horas de luz diurna por la tarde le descolocaban, luego se sentía disfuncional durante lo que quedaba de día. Para nada le ayudaban a encontrarse mejor estas estúpidas cabezadas de pasado el mediodía.

Mientras se desperezaba, recordó haber quedado con Raquel hacia las siete para darse una vuelta y luego cenar en la pizzería 24 horas de la rotonda para después, probablemente, acabar en casa, ya que tendrían todo el espacio para ellos y era cosa de aprovechar lo que no solía darse muy a menudo. Supo que lo último que había pensado antes de dormirse era en ella, y que los pensamientos se le habían desbocado…

Bueno, no habría problema, no suponía haber dormido tanto como para llegar tarde a su cita. De hecho, no recordaba ni siquiera cómo podía haberse adormecido.

Sus padres habían salido por la mañana para pasar el día en la casa que tenían en la playa, la que había sido de sus abuelos, y no volverían hasta el día siguiente, domingo. Su abuelo había fallecido hacía un par de meses y la abuela Toña, desde que estaba sola, llamaba a su madre continuamente por mil y una tonterías. A la mujer le estaba costando acostumbrarse a la soledad. Su madre, embarazada de poco más de seis meses, últimamente tampoco se preocupaba tanto por él, ya que entre las visitas constantes a la abuela, su música (su madre era profesora de piano), preparación al parto, controles médicos asiduos para mujeres que sobrepasaban la cuarentena y la planificación del cuarto para el bebé (se encontraba ya casi en su último trimestre) y de todo lo referente al parto que se aproximaba, no disponía de tanto tiempo como antes para agobiarle con la atención constante hacia el hijo único; una suerte al fin y al cabo para él, puesto que así no le estaría tan encima con su habitual obsesión por el control, con su cansina pesadez de siempre. Algo tendría que agradecerle a su futuro hermano. En ciertos aspectos, hace un par de años, igual le hubiera preocupado la llegada de otro miembro a la familia, pero lo cierto es que, a sus dieciocho recién cumplidos, ya en pleno derecho de su mayoría de edad, otros temas, más que este, ocupaban ahora su, muy habitualmente, dispersa atención.

Buscó el interruptor de la luz a su derecha, dentro de la absoluta oscuridad que le rodeaba. Como le ocurría muchas veces al despertarse, no lo encontró.

Siempre debía acabar de situarse, despertar completamente antes. Se concentró en ello.

Visualizó mentalmente, por encima de donde estaba su cabeza, el interruptor negro de la lamparita flexo que tenía al lado de la cama y, aunque no inmediatamente, buscó con la mano.

Flexionó el brazo, extendió los dedos, sabiendo que tocaría el borde de la mesita. Donde muy probablemente había dejado el móvil. Nada. Uf. Todavía estaba muy espeso. No podía estar lejos. Palpó todos los rincones de su cama, nada tampoco. ¿Dónde carajos estaba? Tampoco conseguía tocar la pared donde descansaba la cabecera de su cama.

¿Se habría tumbado sin darse cuenta cabeza abajo y sus pies estarían mirando hacia donde debería estar su cabeza?

Algunas veces le había pasado, sobre todo de niño.

Intentó adaptar sus ojos a la oscuridad y vislumbrar algún tipo de claridad que quebrara la total negrura envolvente. El esfuerzo hizo que le dolieran los ojos; inconscientemente se los restregó con los puños cerrados. Nada, sólo oscuridad.

Sin saber por qué, sintió que empezaba a agobiarse. Las láminas de madera del somier crujieron un poco bajo el movimiento de su peso. Hacía frío, la calefacción se habría apagado posiblemente y este marzo estaba resultando un mes prácticamente invernal. La primavera todavía estaba lejos, así se sentía, por lo menos, debido al tiempo húmedo y desapacible. La colcha susurró con un débil sonido deslizante a tela satinada. Se sorprendió a sí mismo agudizando el oído.

Era algo raro.

Aparte de ese sonido de la ropa, no se escuchaba nada más, ni el típico habitual y no muy lejano ruido del tráfico en la avenida ni los sonidos de los televisores, o fragmentos de voces y conversaciones que solían llegar del patio de luces al que daba su habitación.

Nada. Ningún sonido externo.

Empezó a preocuparse. ¿Y si ya era de noche y había dormido mucho más de lo que suponía? Llegaría tarde a la pizzería y habían quedado a las siete. Comenzaba a ponerse nervioso. Recordó haber apagado la televisión de la salita cuando salió. Ninguna luz de la casa estaría encendida, porque era de día cuando entró en su cuarto, pero la persiana del comedor sí que estaría abierta y por ella entraría la luz de las farolas de la calle; justamente tenía una enfrente del balcón. Bueno, intentaría llegar hasta la puerta sin darse de bruces ni abrirse la cabeza con ningún mueble.

Casi sonrió pensando en cómo se reiría Raquel cuando le contara su peripecia en la oscuridad, eso si conseguía llegar a tiempo, claro estaba.

Se incorporó, apoyando las palmas abiertas en los bordes de madera en la sólida seguridad de su cama.

Al levantarse, siguió con los dedos el borde del lecho, fue palpando la colcha, los bultos desiguales de las mantas, algo arrugadas, la solidez de la madera de los laterales, tenía que estar al lado de la pared, por lo que la ventana tendría que situarse justo frente a él y la puerta que daba al pasillo estaría al otro lado. Intentó, sin conseguirlo, tocar la pared que intuía estaba ahí, con la mano derecha, mientras con la izquierda seguía agarrado a la cama.

Encontró el ángulo, parecía el borde inferior. Seguía sin entenderlo, pero la oscuridad siempre le había tomado el pelo, ya desde pequeño, cuando se quedaba de repente sin luz y su mente se desbocaba de horror, imaginando seres terroríficos moviéndose por el espacio sin claridad ninguna.

Giró hasta el otro ángulo sin estar ya seguro de nada más, sólo de que encontraría la puerta que conectaba con el pasillo a ese lado de la pared. Cuando estuvo a la mitad del lateral, y tuvo la casi certeza de que estaría allí, se soltó y estiro los brazos esperando no darse con nada. Se movió a izquierda y a derecha. Imposible, nada sólido. Avanzó más. Tampoco. Siguió avanzando. Un paso, dos, tres hasta diez. No había nada, ni la puerta, ni la pared, ni mueble alguno. La nada más absoluta. Angustiado, se dejó caer. Sintió con cierto extraño alivio la solidez del suelo bajo sus rodillas, bajo sus palmas extendidas, que ahora habían empezado a temblar sin contención. No podía pensar. Era imposible. Pero sabía con certeza que no estaba dormido, que no era un sueño. Siempre había sabido reconocer un sueño aunque estuviera inmerso en él y este no era el caso.

Empezó a sudar a pesar del frío, que cada vez notaba como más intenso, como si brotara de sus mismos huesos. Asustado, sintió sus ojos girar frenéticamente en las órbitas, y su boca, así como la lengua, que se estaba secando de repente en ella. No podía saber qué estaba pasando. Intentó tranquilizarse en lo posible. Debía volver hacia la cama, el único lugar seguro, pero sentía que se había alejado demasiado. ¿Cuántos pasos había dado? ¿Diez?, ¿veinte? Se había alejado muchísimo, supuso. Debía haberse quedado allí hasta que algo pasara, sonara el móvil, regresaran sus padres, algo…

Desanduvo hasta la cama, nada. ¿Realmente se había alejado tanto?

Pero no, no era sólo esto.

Era imposible, pero la cama ya no estaba tampoco. Se aterrorizó.

Nunca debió cerrar la persiana. La vecina debería estar ahora observándole, desearía tanto ver su cara en este mismo momento, desde los dos metros y medio escasos que separaban las dos ventanas…

Caminó sin destino en su propia habitación vacía, sin sus entrañables bártulos, sin sus muebles, sin su cama…

¿Por qué no podía tener un perro? Un perro que se apegara a él por todo, que se subiera a la cama y se meara en su mobiliario, en su ropa, que ladrara como un loco, despertando a todo el mundo, y se encaramase por sus piernas… Dios mío, lo que daría por un perro, o incluso por un gatito, en lugar de este estúpido pez inútil y silencioso, casi invisible, con el que no interactuaba en absoluto.

Un ojo redondo y oscuro que siempre parecía observarle mientras daba vueltas en círculo, en un movimiento constante e infinito, sin tocar nunca el cristal envolvente de la pecera. Abriendo y cerrando la boca una y mil veces, sin articular ningún sonido, sólo el ligerísimo chapoteo cuando le echaba polvo de escamas de aquel pequeño tarro de comida para peces de agua fría, que olía tan mal.

Llamó repetidas veces a su padre, levantando progresivamente la voz.

Esfuerzo inútil.

Y de repente empezó a gritar, nombrando desesperado a su madre.

Gritaba ya únicamente para escuchar su propia voz, pero el sonido no le devolvió ningún eco. Era un sonido diferente, como de estar en un vacío absoluto, y su voz tenía un timbre extraño, parecía no salir de él, como si no fuera la suya.

Gritó y gritó sin que nadie respondiera a su aterrada voz, sin que nadie acudiera. Pero siguió gritando, totalmente desgarrado, despavorido, loco de pánico.

Ya no sabía cuánto tiempo había estado palpando esta oscuridad, el tremendo y enorme vacío. Podían haber sido horas, días, meses. Dejó de recordar todo, Raquel, sus padres, su día a día. Sabía que aquello nunca terminaría, que nadie llegaría, ningún teléfono sonaría, ninguna puerta se abriría dejando entrar la luz. Simplemente, porque fuera de él mismo, de su cuerpo, no había nada. La luz había desaparecido para siempre.

Lo último de lo que tuvo conciencia fue el aterrador pensamiento de que tal vez algo le habría ocurrido a su cerebro, un infarto como el que tuvo su abuelo; algo, de otro modo nada de lo que le estaba sucediendo tendría sentido.

Pero no, no era eso, estaba casi seguro. Se trataba de algo más espeluznante todavía.

Y, acto seguido, colapsó.

Olvidó su vida, su pasado, su propio nombre, todo. Seguía dando vueltas como un pirado, con las manos extendidas ante él, en círculo, en aquella enorme pecera redonda de la nada, girando sin parar, avanzando sin llegar a ningún lado. Pero ya no buscaba nada. Ya no era nadie.

…………..

Unos inmensos, aterrorizados ojos infinitos, llenos de nada, y unas pupilas vacías como dos agujeros negros.

El pequeño Sebastián nació a los noventa y nueve días de la desaparición de su hermano, al que nunca llegaría a conocer.

Era un frío y lluvioso veintitrés de abril.

Lloraba con un grito constante, desaforado, con una desesperación que no cesaba nunca.

Tenía unos enormes ojos azules que parecían asomarse al mundo desde otras constelaciones. Unos inmensos, aterrorizados ojos infinitos, llenos de nada, y unas pupilas vacías como dos agujeros negros, que se posaron, interminables, en la madre fragmentada, psicológicamente rota desde hacía noventa y nueve días.

Mientras, el tiempo, en su extraño viaje, seguía transitando junto a las frágiles manecillas del reloj.

Pero a esta historia todavía no le había llegado su momento…

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