No sabía ni cómo había llegado hasta allí. Simplemente estaba.
Al principio, aquel lugar parecía más tratarse de un cuchitril oscuro entre viejas paredes que de otra cosa. Y después, de pronto, tuve aquella asombrosa sensación de que todo parecía estar cambiando. Pero mi cabeza no estaba en condiciones para discernir cómo.
Recopilaciones de artículos de lujo, cuadros y libros magníficos de coleccionista, llenaban tanto las paredes como las estanterías. Era una lujosa mezcolanza de belleza ciertamente ostentosa aunque, al mismo tiempo, también siniestra y lóbrega.
De alguna manera un tanto ambigua, me sentí vigilada.
Intuí, entre aquella neblina que parecía inundar mi cerebro desde que había ingresado en el lugar, que estaba en una especie de fiesta oscura que podría ser de cariz gótico, por su apariencia.
De alguna manera un tanto ambigua, me sentí vigilada.
El suelo no era para nada uniforme. Desigual, con escalones amorfos o, más que escalones, simples desniveles, hacía que pareciera un peligro andar por él, y no pudiera despegar la vista del piso, consiguiendo esto que olvidara otras evidencias que convertían aquel lugar en algo sumamente desconcertante.
¿Qué hora sería? Parecía haber casi anochecido. Pero no podría jurarlo, dada la oscuridad en la que estaba sumido el departamento.
No supe a quién buscar. No recordaba nada. Ni con quién había llegado, si es que lo había hecho con alguien, ni por qué me encontraba allí. Pero tampoco tenía percepción alguna de temor, pese a intuir alguna clase de peligro desconocido en el ambiente, ni tenía sensación de prisa alguna. El tiempo parecía haber quedado fijo en un instante, detenido como en un juego espaciotemporal, donde no podía ser reconocible.
En un momento dado me encuentro rodeada de gente caracterizada con un aspecto ahora ya claramente gótico. Los ojos, maquillados con grandes círculos negros alrededor, me miran hoscos e inquietantes. Los labios son líneas finas oscuras.
Las manos parecen esperar algo, delgadas, blancas, con negras uñas desmesuradas.
De repente recuerdo a Óscar. Él es quien me trajo. Estaba con él.
De hecho, siempre estoy con él.
Óscar. Le busco y le llamo a gritos. Me sorprende que nadie parezca hacerme caso, ya que el volumen de mi voz ha sido importante.
Mi amigo especial. El que consiguió mi confianza en ese mundo tan complicado de las redes. Óscar, el de ojos profundos y oscuros como los del infierno; con labios certeros, de palabras soeces y confusas. Con manos sabias y una mente rápida. Con una vida extraña. Huesos, tendones de acero y músculos indecentes.
Pronto cumpliré veinticinco años. Un cuarto de siglo ya. Y sólo sueño con que él esté a mi lado este día. Mi alma gemela, mi cómplice. Nada más parece importar en ese momento de mi vida.
Bueno, tal vez sí. Tal vez salir de aquí. Quizás sólo sea eso ahora mismo lo que importe, salir.
Otra vez le pierdo.
Ya no sé si le busco o le rehúyo. Tal vez un poco de ambas cosas.
Echo en falta mi teléfono.
Y entonces experimento dentro de mí algo demasiado parecido al miedo.
Mis pies pierden el suelo con el equilibrio. Mis brazos extendidos con las palmas abiertas buscan agarrarse a algo. No hay nada.
Estoy en un balcón, o puede que en una terraza. Siento el aire rozar mi rostro. Es casi de noche. El cielo apenas conserva un mínimo de luz diurna. Sigo despierta, pero no puedo reaccionar.
Cada vez estoy más cerca del borde. Mis pies pierden el suelo con el equilibrio. Mis brazos extendidos con las palmas abiertas buscan agarrarse a algo. No hay nada.
Nada. Sólo siento mis cabellos como quedándose atrás.
¡Óscar! ¡Ayúdame!
Me pierdo.
Sé que voy a morir.
La veo a ella mientras me acerco al suelo como en cámara lenta.
“Estás conmigo”, la escucho decirme tras el impacto. Todavía no consigo abrir los ojos.
Oigo su voz cerca, casi al lado.
Intento mover la mano y siento la suya presionando, firme, la mía.
“No te preocupes, niña, estás conmigo. Recuerda, debes saber cómo despertar”.
Lo intento de verdad, mamá. No puedo.
Lo lamento.
“No olvides, hija, no lo olvides. Debes regresar a casa”.
Lo sé, de alguna manera lo sé.
“Pero también debes recordar dónde estabas, no olvidar el departamento”, continúa.
Noto humedad en mis manos. Mis palmas abiertas están contra la hierba y el fango.
Por fin siento algo.
¿Cuánto hace que estoy allí tendida, en la noche?
De nuevo la escucho.
“Sitúate. Deberás saber dónde estuviste”.
Mamá…
Mamá, siento que grito en mi cabeza, ¿estoy muerta?
Y entonces la recuerdo, allá en el tanatorio, tendida en el ataúd, con las manos cruzadas sobre el pecho, con sus rasgos firmes, angulosos, y con esa paz que sólo da la muerte cuando ya es esperada.
Mamá, siento que grito en mi cabeza, ¿estoy muerta?
“Niña. Sólo estoy contigo. Tranquila”.
Pero mamá, si tú no estás viva…
Se queda conmigo hasta que las luces del alba comienzan a secar el rocío.
“Levántate”, me dice. “Debes salir de aquí ahora. Debes ir donde puedan verte”.
“Tienen que encontrarte para que puedas volver a casa, niña”.
Lo intento. No puedo.
“¡Levántate, levántate! ¡Puedes!”.
“No faltarás a tu cumpleaños”, me susurra.
Mamá… Siempre tan fuerte. Fuerte por todos. Fuerte por mí.
¿Tres años ya sin ella?
Debería dormir. Dormir. Sólo así estaré bien.
Estoy con Óscar. Siento que algo no anda bien. La magia está diluyéndose. Diversas aberraciones la dispersan, crecen por ella desde mis ojos.
Si tienes dudas, pienso, algo está mal.
Si tengo que comprobar sospechas, no vale la pena. Sé que tengo que irme, pero no acabo de entender el porqué. Cuesta.
Soy demasiado exclusivista. Eso me dice él en algún momento. Debo dejarme llevar. No tengo tanto mérito como para formular exigencias. No va a tolerar ningún control por mi parte.
Él no es así. ¿Nunca pretendió tenerme en exclusiva?
¿No?
Pensé que sí durante un tiempo.
Me llevo a los labios el vaso que me acerca. Coca-Cola con algo más. ¿Alcohol? No pregunto.
La gente que está a su alrededor no me gusta.
Tengo que irme, tengo que irme, tengo que irme…
Me llevo a los labios el vaso que me acerca. Coca-Cola con algo más. ¿Alcohol? No pregunto. Acostumbro a tolerarlo bien.
Apuro el líquido con la negra espiral de sus pupilas clavadas en mí.
Y me doy cuenta de que nunca supe su apellido. Que tal vez ni le conozca.
Y me pierdo en su identidad desconocida, en el agujero negro sin fondo de sus ojos. En ese interminable bucle en movimiento que va atrapando mi conciencia.
No puedo reaccionar ya a su voz.
Ni a la locura delirante que empieza a desatarse después a mi alrededor, como en una especie de orgía vampírica. A los cuerpos semidesnudos que danzan sobre el mío, a través de mí, a las uñas trazando surcos rojos en mi piel. A los golpes, a los dientes arrancando pedazos de mis pezones desnudos, mordiendo mis labios, hurgando en mi intimidad.
Porque ya no soy yo. No puedo reaccionar ni moverme. Soy solamente algo que mira indiferente, desde algún lugar, un cuerpo humillado y maltratado.
Las primeras luces me ayudan a reaccionar.
Ya no está. La busco. ¿Mamá?
La necesito. No podré sin ella. Con un esfuerzo sobrehumano intento levantarme.
Mis brazos lastimados duelen horriblemente.
Siento que mis dedos están rotos. Me falta el aire. Cuesta respirar. Mi pecho padece tanto como si estuviera siendo aplastado por una enorme roca.
El dolor hace que sepa que no estoy muerta.
Y de pronto su voz regresa. Llamándome.
Se escucha más lejos.
Sé qué debo buscarla, seguirla.
Consigo incorporarme parcialmente pese al tormento.
Me indica algo desde el inicio de una escalera que sube hasta una torre ajardinada grande, cuidada, rodeada por una valla, donde ella parece encontrarse ahora.
Me arrastro persiguiendo su voz.
Mamá…
Y la veo. Allá de pie, a pocos metros, firme, dura, exigente. Unos metros que parecen ser una infinidad. Y casi la alcanzo. Me indica algo desde el inicio de una escalera que sube hasta una torre ajardinada grande, cuidada, rodeada por una valla, donde ella parece encontrarse ahora.
“Mira, hija. Allá es. ¿Te acuerdas ahora?”, dice mientras me señala un edificio enorme de apartamentos que destaca por su altura, a una cierta distancia.
¿Cómo es posible que haya conseguido llegar hasta aquí?, pienso.
Lo miro. Es un imponente coloso con cristaleras opacas que no dejan ver los interiores desde fuera. La fachada es de un color teja oscuro. Y las amplias terrazas se ven verdes, probablemente por estar llenas de plantas y enredaderas.
Con el dolor, la total confusión de mi cerebro empieza a ir desapareciendo poco a poco.
Y recuerdo cuando llegué allá de la mano de Óscar la tarde anterior y ya me pareció imponente. Un lugar desconocido donde nunca había estado antes. De lejos, el edificio se ve mucho más enorme ahora, comparándolo con el resto de inmuebles.
“¿Cuál departamento era?”.
La escucho e intento recordar. Pero me cuesta.
“Piensa, niña. Deberás contarlo todo, luego”.
Sí. Sé que tengo un propósito. Pero ahora mismo no puedo.
Llego hasta la escalera donde está ella esperándome. Me siento a salvo, pese a la sangre que pinta mi cuerpo, desnudo y helado, escandalosamente de rojo. Pese a los huesos rotos y al intenso calvario de mi carne.
Y entonces aparece aquella mujer que sale con una niña. Que, al verme, se queda un momento indecisa y, seguidamente, se pone a correr hacia mí, y que me recoge cuando, de nuevo, voy a perder el sentido.
Mamá… Llegué. Vendré a casa. Estaré por mi cumpleaños.
Pero ella ya no está.
Escucho la voz de la mujer gritándole a la niña que corra y regrese a la casa, que traiga a alguien.
Y me pierdo de nuevo en el limbo de la inconsciencia.
Todos los demonios arañando mi cuerpo. El departamento de los monstruos.
Le sigue un tiempo inexacto donde todo parece nadar en un mar de confusión.
Óscar, llevándome de nuevo hasta el infierno. Todos los demonios arañando mi cuerpo. El departamento de los monstruos. Los objetos de arte, las lujosas lámparas…
Y de vez en cuando, por unas breves rendijas de lucidez, mi padre, tomándome la mano, mirándome desgarrado, con infinita preocupación. Hablando con la enfermera, con los médicos.
Y aquel gotero en mi brazo.
Mamá…
“Tranquila, pequeña, soy papá. Te pondrás bien”, escucho su voz cercana.
Me interrogaron luego tantas veces como ya ni puedo recordar.
Y revivirlo no fue lo peor. Lo peor era saber cómo alguien en quien confías y a quien amas puede ser tu verdugo y, en cuestión de minutos, destrozar tu futuro sin remordimiento alguno.
Recordé lo necesario y dije todo lo posible para que le detuvieran y enjuiciaran, pero no quise que me contaran nada más de él. Tal vez ni siquiera se llamase Óscar.
Fue suficiente.
Resultó difícil acordarme de en qué lugar había estado con aquel hombre y su séquito de demonios.
Apenas podía recordar nada de ese día. La droga en mi bebida había surtido su efecto. Destrozó mi resistencia, fue el billete para los infiernos.
Pero siempre habría algo que no olvidaría.
Evoqué a mamá señalándome, allí de pie, desde la escalera donde me encontraron, aquel edificio a la distancia. Ella diciéndome: “Recuerda”.
Y recordé.
Mientras sigo esperando a que se haga esa hipotética justicia, intento día a día sobreponerme.
Y vi de nuevo la terraza desde donde me lanzaron al vacío, desechada como basura.
Pensaron que sólo me encontrarían muerta.
Pero no fue así.
Óscar. ¡Púdrete en la cárcel, maldito cerdo! Si es que hay justicia, cosa de la que, a menudo, dudo.
Espero que los demás caigan con él.
Y mientras sigo esperando a que se haga esa hipotética justicia, intento día a día sobreponerme.
Cumplí veinticinco en el hospital.
Y brindé por ti, mamá. Espero que hayas podido verlo.
Dos veces me diste la vida. Te quiero.
Sólo algo añoro de toda aquella terrible experiencia. De aquel despropósito que destrozó, por igual, parte de mi confianza y mis entrañas, y que casi acaba conmigo:
Ella.
No siempre estoy aun consciente. En ocasiones todavía me cuesta separar mi realidad.
También sé que algunas de las cicatrices permanecerán en mi cuerpo de por vida.
Y mientras van sanando mis heridas, tanto las visibles como las invisibles, a veces, de manera voluntaria, regreso a aquel lugar terrible.
Y antes de dormirme cierro los ojos e intento, paradójicamente, guiar mis sueños hasta el momento en que fui lanzada desde aquel horrible departamento de la segunda planta y ella me recogió. Hasta aquellas mágicas horas extrañas en las que probablemente estuve muerta.
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